domingo, 12 de agosto de 2012

La tragedia de los Oesterheld

23/03/2008

Texto de Gervasio Sánchez

Los lectores de cómics clásicos como Ernie Pike, Randall o Sargento Kirk seguramente saben quién fue Héctor Germán Oesterheld, el guionista que creó una colección de personajes legendarios. Más improbable es que conozcan la terrible historia del propio escritor, asesinado por la dictadura militar argentina, al igual que sus cuatro hijas. Su viuda, Elsa Sánchez, cuenta en estas páginas la tragedia vivida.

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La tragedia de Elsa Sánchez de Oesterheld no parece real ni literaria porque ninguna mente pérfida puede ejecutar o inventar una historia de persecución como la que sacudió su vida hace treinta años, en el apogeo de la dictadura argentina.
No es tanto por el hecho de que tres de sus cuatro hijas (el cuerpo acribillado de la cuarta pudo recuperarlo), su marido, dos de sus yernos y posiblemente dos de sus nietos, nacidos durante el cautiverio de sus madres, estén desaparecidos.
El álbum de la violencia está repleto de episodios descorazonadores. Hay madres kurdas del valle de Barzan que perdieron a ocho hijos en una sola noche de julio de 1983. Hay chilenas de Paine, guatemaltecas de Rabinal, bosnias de Srebrenica e, incluso, otras argentinas de Córdoba o Buenos Aires a quienes les desapareció un número similar de hijos.
La singularidad de su tragedia radica en cómo se planificó la persecución y el exterminio de la familia de Héctor Germán Oesterheld, el mejor y más imaginativo guionista de la historieta argentina, creador de unos cien personajes, que acostumbraba a trabajar con dibujantes de la categoría de Hugo Pratt, Francisco Solano o Alberto Breccia.
Todo empezó la madrugada del 24 de marzo de 1976, cuando se produjo el golpe de Estado militar. O quizá el 20 de junio de 1973, cuando facciones del peronismo se liaron a tiros durante el recibimiento del caudillo Juan Domingo Perón, que regresaba a Argentina después de 18 años de exilio en España. La llamada masacre de Ezeiza, área donde se encuentra el aeropuerto internacional de la capital argentina, dio inicio a un baño de sangre que costó la vida a decenas de miles de argentinos en la siguiente década.

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“Hasta el regreso de Perón, mi marido, que era un hombre de izquierdas, no había militado en ningún partido. Se declaraba libertario y se sentía muy influido por un grupo de anarcosindicalistas de origen español que buscaron refugio en Argentina tras la derrota republicana en la guerra de España”, explica Elsa, a punto de cumplir los 83 años sin todavía entender por qué ingresó en Montoneros, organización político-militar partidaria de la lucha armada, hasta convertirse en su jefe de prensa en la clandestinidad.
Hugo, conocido durante su detención como el Viejo, tenía más de medio siglo de vida cuando empezó a militar en el ala izquierdista del peronismo. “Era una ideología que él siempre había despreciado por su componente fanático. Muchos de sus amigos intelectuales habían decidido marcharse del país. Pero él quedó atrapado en sus propias contradicciones. El más antiviolento de los hombres acabó formando parte de un grupo armado”, recuerda Elsa. Años antes, en 1955, le habían pedido que escribiera un guión sobre la vida de Perón, encargo que no aceptó a pesar de la crítica situación económica que sufría.
Nieta de gallegos, Elsa vive hoy rodeada de recuerdos en el barrio de Palermo de Buenos Aires. Las fotos de su marido, Hugo, y de Estela, Diana, Beatriz y Marina, sus cuatro bellísimas hijas, ocupan lugares preferenciales de la casa. Las cuatro nacieron entre junio de 1952 y enero de 1957 y fueron asesinadas o desaparecieron entre los 20 y los 25 años. Las fotos reflejan una época feliz, cuando el hogar era una casa abierta para una amplia generación de dibujantes e intelectuales que revolucionaron el mundo de los tebeos.
Elsa tenía 18 años cuando conoció a su marido, que trabajaba como geólogo y escribía historietas en los ratos libres. Héctor había recibido una educación muy elitista, y Elsa, “una mujer común”, como ella misma se define, formaba parte de una familia popular con inquietudes por las artes, aunque fue “educada para tener hijos y coser”. Las cuatro hijas estudiaron en un colegio inglés. La mayor, “la dulce Estela”, ya tenía a sus 16 años excelentes dotes para la pintura y deseaba estudiar filosofía. A Diana le encantaba escribir. “Era luchadora y siempre estaba preocupada por la injusticia. Beatriz quería ser médico, y la pequeña Marina era la más reservada y taciturna, la que más se parecía al padre, un hombre que amaba la soledad, el desierto y las piedras a pesar de estar siempre rodeado de amigos”, recuerda.
Elsa era la realista en aquel desbarajuste de horarios que provocaba la entrada y salida de personas ajenas a la familia, ordenaba los papeles de su marido y equilibraba las finanzas en las épocas menos boyantes. “Lo único que hacía mi marido era pensar. El resto dependía de mí”, ironiza.

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Las cuatro hijas comenzaron a militar en las juventudes peronistas a edades muy tempranas, las más pequeñas cuando todavía eran niñas de 14 y 16 años. Elsa es muy crítica con aquellos años de convulsión política: “Permitían la militancia a niños que no sabían defenderse ni entendían muchos conceptos de la vida real. ¿Cómo no se dieron cuenta de lo que pasaría si se producía una intervención militar?”.
Héctor siempre fue respetuoso con las opiniones de sus hijas. Era partidario de lo que definía como “el aprendizaje de la discusión”. La casa era como una pequeña universidad donde siempre se hablaba de temas importantes. “A la hora de comer, sus hijas exponían sus opiniones, y él las replicaba con calma y siempre con un profundo respeto. Las cuatro lo idolatraban”, dice Elsa.
Poco antes del golpe de Estado, cuando Héctor Oesterheld ya vivía en la clandestinidad, se encontró por última vez con su esposa y tuvieron una agria discusión: “Haz lo que quieras con tu vida, pero saca a nuestras hijas de Argentina”, le conminó Elsa. Un editor italiano que admiraba su obra se ofreció a ayudarlo si la familia viajaba a Italia.
El golpe militar provocó la disgregación de los Oesterheld. Elsa, que era la única que no estaba marcada por su militancia izquierdista, se quedó sola y empezó a trabajar en una sucursal del Banco de Galicia. El sábado 19 de junio de 1976, apenas tres meses después del golpe, se encontró con su hija Beatriz, de 20 años, en una confitería de la capital. Madre e hija intentaban mantener encuentros semanales en lugares públicos. Estuvieron dos horas juntas. Beatriz dijo a su madre que quería ingresar en la facultad de Medicina. Su deseo era trabajar en el interior del país ayudando a los más desfavorecidos.
Dos días después, un muchacho se le acercó cuando estaba a punto de abordar el tren de cercanías que la trasladaba a su trabajo y le dijo que Beatriz no había regresado a su casa la noche de su encuentro ni había acudido a una reunión política. Ante la gravedad del suceso, Elsa contactó con militares, jueces, religiosos y amigos de los estratos más altos de la sociedad. Presentó un habeas corpus, visitó varios centros del ejército y comisarías de policía.

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Pero todo el mundo le dio la espalda o se excusó con evasivas. Hoy se atreve a decir: “Odio la hipocresía de la clase media argentina a la que pertenezco. Fue cómplice intelectual del golpe y mantuvo un pacto de silencio durante décadas”.
Una carta dirigida a su hija Diana y que empezó a escribir el 5 de julio, dos semanas después del secuestro de Beatriz, da una idea de lo que sintió aquellos días de pánico: “Diana de mi alma, de mi vida, no encuentro la forma ni el coraje de decirte todo lo que estoy pasando porque este caos no tiene explicación”. Había descubierto que la seguían y se sentía culpable del secuestro de su hija Beatriz. “Mi terror ahora es convertirme en delatora de mis otras hijas”, escribió. En otro pasaje le cuenta que ha visitado el cuartel de Campo de Mayo, un centro de detención ilegal: “Te juro que entrar en esa zona es espantoso. Realmente estamos en guerra”. Unos días antes se había producido una masacre en un destacamento policial tras el estallido de una bomba. El tono de la carta es premonitorio: “El odio hará que nos matemos los unos a los otros, y mis hijas no se van a salvar de este horror”. Después intenta arropar a su hija con palabras más tiernas: “Trata de imaginar la necesidad ya delirante que tengo de estar con alguna de ustedes, de poder hablar, de consolarnos, de querernos más que nunca, de unirnos, de protegernos”. Dos días después de iniciar esta carta fue citada en la comisaría policial de su barrio. El jefe del destacamento le explicó que su hija Beatriz había sido encontrada muerta junto a otros cuatro jóvenes que tenían entre 17 y 19 años en un descampado. El ejército les había informado de que se había producido un enfrentamiento armado. La orden eran enterrarlos como NN (no nombre), pero el comisario decidió entregar los cuerpos a sus familias. Fue un cuñado de Elsa quien identificó a la muchacha. Sería el único cuerpo que recuperaría de toda su familia y decidió darle “cristiana sepultura”.
Elsa siguió escribiendo a su hija Diana después de encontrar el cadáver de Beatriz. En la carta derrama todo su dolor: “Tengo la sensación de que todas han muerto, que mis nietitos son un sueño, que yo ya no soy yo. En nuestra casa se gestó la novela de ciencia ficción más terrible que jamás cerebro alguno pudo crear: la destrucción de toda una familia de forma sistemática. ¡Que Dios se apiade de nosotros”. La carta acababa con una súplica: “Por favor, hijita querida, no dejes de escribirme, que nunca tengas que preguntar dónde está tu hijo, que es más horrible que la muerte”.

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Diana fue secuestrada el 7 de agosto de 1976 en San Miguel de Tucumán junto a su hijo Fernando, que tenía un año. Estaba embarazada de seis meses. Con 23 años fue llevada a Campo de Mayo, donde dio a luz antes de desaparecer para siempre. Fernando fue trasladado a la casa cuna de la ciudad y entregado como NN. Después de varios intentos frustrados, los abuelos paternos consiguieron recuperar al menor. Raúl Araldi, su pareja y padre de sus hijos, fue asesinado en 1977. Un sobreviviente vio su cadáver en la jefatura de la policía de Tucumán, pero su cuerpo tampoco fue ­encontrado.
El famoso guionista fue detenido el 27 de abril de 1977 y trasladado a diferentes centros clandestinos. Varios sobrevivientes lo vieron en El Vesubio, Campo de Marte y Sheraton, tres campos de exterminio. Al parecer le exigieron que escribiera el guión para una historieta promocional del régimen militar, pero él se negó.
Amnistía Internacional y algunos amigos influyentes lanzaron campañas en Europa para conseguir su liberación. El prisionero hizo llegar una carta a su esposa en la que le contaba que estaba a la espera de que legalizasen su detención y lo llevasen a una prisión.
Pero la tragedia de los Oesterherld no concluyó con la detención del patriarca. Los grupos operativos de la dictadura siguieron rastreando al resto de su familia hasta que localizaron el 14 de diciembre de 1977 la casa donde Estela, la mayor de las hijas del guionista, de 25 años, se escondía con su pareja, Raúl Mórtola, y su hijo Martín, de tres años y medio. Allí detuvieron a otra pareja a cuyo cargo estaba el pequeño y esperaron el regreso de Estela y Raúl para acribillarlos a balazos. Al día siguiente, un escueto informe en los diarios daba cuenta de un enfrentamiento armado y de la muerte de ambos.
Lo más sorprendente es que el niño fue trasladado a la cárcel donde se encontraba detenido su abuelo Héctor y fue este el que dio la dirección de Elsa al jefe del operativo para que se lo llevasen a su abuela. Al parecer, el militar sentía gran admiración por el guionista y decidió proceder por su cuenta y riesgo.



En condiciones normales, el niño hubiese sido entregado a un hospicio, y su rastro se hubiese perdido a partir de una adopción ilegal, como ocurrió con otros 500 niños y bebés arrancados a sus madres antes de asesinarlas y hacerlas desaparecer. Los militares contaron a Elsa que su marido se encontraba físicamente bien, pero con el ánimo muy bajo. Aceptaron llevarle una carta suya. Fue la última noticia que tuvo de Héctor hasta que años después un informante anónimo le dijo que posiblemente había sido fusilado en Mercedes en los primeros meses de 1978. El sobreviviente Juan Carlos Scarpatti se topó con él en Campo de Mayo a finales de 1977 o principios de 1978. “Lo vi golpeado y angustiado y le pregunté qué le pasaba. Me dijo que le habían mostrado las fotos de sus cuatro hijas muertas.” Estela tuvo tiempo horas antes de morir acribillada de enviar una carta a su madre en la que le explicaba que Marina, la más joven de las cuatro hermanas, que tenía 20 años, hacía un mes que “ya no está con nosotros”. Elsa piensa que pudo ser secuestrada en noviembre de 1977. Después supo que su hija estaba embarazada de ocho meses y medio antes de desaparecer. Jamás consiguió más indicios sobre su suerte. Ni siquiera presentó un hábeas corpus porque “me parecía una payasada”.
Pensó muchas veces en suicidarse. Se había convertido en “una persona mutilada”, sin proyectos, ilusiones, expectativas. Sus nietos vivos, especialmente Martín, que se quedó con ella, le obligaron a desechar esa opción. Aunque “muchas veces me pregunté si valía la pena seguir viviendo y sufriendo”.
Un familiar consiguió que un coronel le entregase “piadosamente” los certificados de defunción de su hija Estela y su yerno Raúl Mórtola  para que pudiese tramitar la tutoría legal de su nieto Martín, pero nunca logró saber dónde fueron enterrados. Elsa se centró en la crianza de su nieto recuperado y le inculcó el rechazo frontal a la violencia. “Convertí toda mi locura y desesperación en la fuerza necesaria para educar a Martín”, añade. Los años adolescentes fueron los más difíciles. A Martín le fue muy difícil aceptar a unos padres que prefirieron morir antes que salvar a la familia.
Elsa afirma que le gustaría encontrar a sus nietos desaparecidos, pero reconoce que esa posibilidad le da miedo. “La identidad es imposible de negar. Deben conocer su historia verdadera aunque les duela. Pero temo un rechazo frontal como ha ocurrido en algunos casos de nietos encontrados. No aguantaría un desgarramiento más. Me he vuelto más cobarde.”

ENLACES/FUENTES:
http://archivohgo.blogspot.com.ar/
http://noperdonamos.blogspot.com.ar/2008/05/te-estamos-buscando-diana-irene.html
http://www.baraderoteinforma.com.ar/la-tragedia-de-los-oesterheld/
http://www.elortiba.org/etern1.html
http://www.magazinedigital.com/reportajes/historia/reportaje/cnt_id/1686
http://www.nosdigital.com.ar/2011/04/%E2%80%9Ctener-dos-nietos-que-no-conozco-es-volver-al-infierno/